Donostia, 28 de noviembre 2030
Querido
diario:
Nunca me había considerado una artista del pincel, eso de las
manualidades no era lo mío. La lectura y la escritura eran mis lugares
favoritos de refugio. Hasta que el mundo del color me visitó.
Cerrar los ojos y ver la silueta de una persona rodeada de
colores vibrantes o no, de formas en movimiento, fluyendo alrededor era
flipante, ¿me había tomado un porro y no me había enterado? Sería un poco
difícil, pues no fumo, pero claro cuando visitas otros mundos, cualquiera sabe
que normas rigen allí.
Al principio sólo podía conectar con esos tonos cuando cerraba
los ojos, luego paso por el tacto, para terminar siendo normal ver esas formas
sólo con mirar. De momento me parecía muy divertida la experiencia, hasta que
me di cuenta que esos colores hablaban del estado físico y emocional del ser
que tenía junto a mí.
Y comencé a sentir que el color rojo fuego que se pegaba al
corazón de mi compañero de trabajo me hablaba de su ira contenida, que le
mantenía agotado y en constante alerta; que la nube negra que volaba sobre la
cabeza de mi amiga María le hacía estar todo el día con jaqueca.
¡Uf! No quiero
recordar el día de ayer, estuvimos de velatorio: los colores y las emociones
expresadas por los allí presentes eran contradictorias, daban el pésame
compungidos, llorosos, cuando en el fondo gritaban de alegría o era envidia,
todavía no sé poner nombre a ese color grisáceo que salía de sus manos.
He decidido coger mi antiguo cuaderno de dibujo y empezar a
plasmar esta nueva realidad en la que vivo, porque quizá me esté volviendo loca
y no lo sepa… quizá mis seres queridos puedan leer mi diario y saber lo que
pasaba por mi cabeza en estos días.

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