Hoy quiero compartir un fragmento de un texto que escribí la pasada primavera sobre la película Psicosis (1960) de Hitchcock. El texto era para un trabajo de la asignatura de Cine, Sociedad y Renovación Artística y el enfoque de mi trabajo es desde la teoría del psicoanálisis de Sigmund Freud y Carl Gustav Jung.
En este filme apreciamos la impronta que recibió el cine
americano de los años 50 de las teorías de Freud, el delincuente es ahora un
ser patológico o un producto de determinadas circunstancias sociales (Gubern,
2016, p.341). También percibimos la influencia del expresionismo alemán, con
sus claroscuros, incluso advertimos la figura del perturbado doctor Caligari
como un antecesor de nuestro maniaco Norman. Y además el director utiliza
nuestra angustia para potenciar la intriga.
Acabamos de ver a una anciana asesinar a un hombre. Es
inquietante, casi morboso, este personaje ha matado ya dos veces, no conocemos
su rostro, pero sabemos que es una mente enferma, la señora Bates no conoce a
nuestro detective y sale de su habitación dispuesta a utilizar su arma.
Para el psicoanálisis, la psicosis es una negación de los
hechos y por tanto el sujeto construye un mundo irreal, como Bates, nuestro
psicópata, que habita un lugar dónde él, puede convivir con su madre. Su madre muerta, sigue viviendo a través de
él. La disociación del yo, habita en la propia mansión, un espacio cerrado al
mundo, dónde nadie es bien recibido y menos un hombre, en este caso Arbogast.
Aunque nos podríamos plantear la siguiente cuestión ¿en el caso de esta pareja
de maniacos quién posee el auténtico control de la relación y por tanto de sus
actos?
Estamos viendo una relación edípica (no resuelta), el hijo
ocupa el lugar de su padre, recordemos que para Freud la sexualidad infantil es
muy importante para el buen desarrollo del ser humano. Es evidente que “nuestro niño Bates” no completó coherentemente esta fase y mantiene una relación de amor perversa,
enviciada, castrante y limitante que no le permite relacionarse con el mundo de
forma eficiente y saludable.
En la doble personalidad de Norman, apreciamos agresividad,
histeria, descontrol, timidez, abandono, un vacío emocional que le impulsa a
matar; un conflicto entre el principio del placer y el principio de la
realidad.
Hitchcock está describiendo no sólo el mundo de las
pesadillas –que uno podría dejar a un lado como fantástico e irreal-, sino el
mundo de cada día, situaciones y emociones reconocibles que son devoradas por
el reino de la muerte.[1]
Estos u otros rasgos parecidos podemos encontrar en otros
psicokillers de la posteridad como en Frenesí del propio Alfred, donde nos
relata las peripecias de un asesino sexual, Robert Rusk, frío, despiadado que
manipula al entorno y que emplea sus corbatas como herramientas de matar (otra
vez un objeto normal está cargando con el peso de la muerte). En La venganza es
mía, de Shoei Imamura, un asesino obsesionado con el sexo, que no fue capaz de
matar a su padre al que desprecia, en El resplandor de Stanley Kubrick,
descubrimos a un Nicholson trastornado y dispuesto a matar a su familia o en El
cabo del miedo de John D. MacDonald, Max Cady el asesino y violador, sin
conciencia obsesionado con la familia de su abogado que ayudó a meterle en
prisión… Comas (2005, p. 68) Psicosis
asentó las bases modernas del estudio psicológico cinematográfico de los
asesinos psicópatas.
El suspense como otros géneros tiene ubicaciones que le son
afines, en este caso la gótica y siniestra mansión, la escalera, como elementos
simbólicos metafóricos. Para la psicología jungiana la casa simboliza a la
persona, a su mente, tanto en el mundo onírico como en el simbólico. Por este
motivo nos gustaría establecer el paralelismo entre la mansión Bates y sus
“habitantes”.
El director nos ha mostrado desde diferentes planos (cenital,
picado, subjetivo) la escalera, que podría recordarnos a la columna vertebral
humana, en este caso una columna enferma, quebrada, con un tramo ascendente que
nos lleva hacía la parte “luminosa” de la casa donde Norman vive con su madre y
el tramo descendente, oscuro, dónde la oculta de los ojos de los otros.
En términos psicológicos podríamos ubicar en la planta noble
al consciente de Norman – la psique tiene acceso a esa información y por tanto
a la inhibición- pues allí habita y
conversa con su madre, y el inconsciente –lo bloqueado, lo reprimido- en el sótano, que es el espacio elegido
cuando quiere esconderla.
La forma hitchcockiana de conectar con nuestra infancia, con
ese miedo que nos inculcó nuestra madre al subir o bajar escaleras, está
latente en la escena: “las escaleras son peligrosas”, ese mensaje inconsciente,
creció en nuestro interior, sin nosotros tener constancia del proceso. Y
sabemos que es un recurso que ya ha utilizado en anteriores filmes.
También con Rebeca (1940) juega con la arquitectura de la
gran casa, aislada, y sus diferentes escaleras, que parecen no llevarnos a
ningún lugar, para envolvernos en el misterio, en la atmósfera de lo
desconocido, de lo prohibido y de lo inquietante. Manderley termina destruida
por el fuego, arrasada por la mente trastornada del ama de llaves, que pierde
la vida en ese mismo incendio.
El uso de la señorial casa y su escalera es un recurso
cinematográfico que ha llegado hasta nuestros días, el cine de suspense y de
terror están cargados de esta simbología que nos atrae y desconcierta a la par,
Amenábar en Los Otros juega con el espectador mostrando la escalera en
numerosas ocasiones mientras vemos en un plano medio a Nicole. El director no deja que nos olvidemos de
ella, y, es en ese eje de suspense dónde crea una escena que nos muestra a una
niña que lee en las escaleras, a una madre asustada que oye voces y que sube en
busca de respuestas, al igual que nuestro detective, avanza el filme y la
escalera volverá a ser la coprotagonista con una vista cenital con un
travelling in de una Kidman aterrorizada.
En el último tercio de Lo que la verdad esconde de Robert
Zemeckis, la escalera forma un trío junto a Michelle Pfeiffer y Harrison Ford,
este espacio dramático, por el que suben y bajan los protagonistas, hace que la
tensión fílmica aumente. Todos sabemos
que algo malo va a ocurrir, Michelle ha descubierto que su marido ha asesinado
a su alumna, … el director con una vista cenital la acompaña hasta la planta
superior, para minutos después, bajar despavorida seguida por un Harrison
perturbado tal y como nos enseña con un primer plano. Intenta ahogarla, luchan,
… y primeros planos de los pies, junto
con contrapicados de la esposa volviendo a bajar por la escalera que remarcan
la angustia de la protagonista.
Volvemos a la película El Resplandor, dónde la mansión se
transforma en hotel y combinamos escaleras y ascensores como lugares de
conexión con otras realidades y con los mismos miedos. Jack Torrance, escribe
en el hall frente a las escaleras, pasan los días y su mirada se torna perdida
y apunta hacia la planta superior, ¿nos advierte qué algo siniestro ocurre
allí? Su hijo ha sido atacado en la habitación 237. Otra impactante escena es
la del bate de béisbol en las escaleras, narrada en contraplano para acentuar
lo patológico del personaje de Torrance.
Aunque Psicosis se rodó cuando ya el director había dirigido
películas en color, decidió que a la acción dramática de esta película le
favorecía el blanco y negro, también desde el punto de vista psicológico la
Mansión Bates con sus contrastes de luces y sombras es más propia de una mente
atormentada como la que representa y enfatiza su psicopatología.
Como maestro del suspense, en Psicosis nos tiene con el aire
en los pulmones hasta el último instante, esa última imagen con la que cierra
el filme, une por fin a nuestros psicópatas ¿dejando patente que la señora
Bates está al mando?
[1] Donald Spoto (1984) Alfred Hitchcock El lado oscuro de un
genio. pp430
