Lola paseaba por el claustro del Monasterio de Santa María de Huerta, el ocaso otoñal iluminaba el bello espacio, ella podía "tocar" la historia con sus manos, la luz dibujaba formas que se añadían a las existentes en los capiteles.
Entonces una mariposa se posó en su hombro, ella supo que era un recordatorio de lo fugaz de la vida, pero también la conectó con la belleza de lo efímero.
Mirando atrás, mirando su vida supo que había disfrutado cada instante, que la pasión la había acompañado hasta su último suspiro.
