El centro de mando
familiar estaba situado en casa de mis tíos maternos. Una vivienda cercana a
las vías y a la estación del tren del pueblo, y al bar de Eusebio, así que,
todo el que pasaba en esa dirección saludaba y esperaba su ración de cháchara
(daba igual la hora que fuera).
Las visitas obligadas,
eran semanales. Con 9 años no tenía la posibilidad de quedarme sola en casa. Protestaba,
buscaba el apoyo de mis hermanos, pero terminaba preparando la bolsa con mis
libros, esperando (ingenuamente) que ese fin de semana se cumpliera mi sueño y
pudiera disfrutar de mi lectura en el patio, rodeada de sus blancas paredes…
Y lo peor estaba por
llegar, pues con motivo de las elecciones generales del 28 de octubre de 1982,
el alargado, oscuro y atestado salón familiar, se convirtió en un improvisado espacio
para debatir. Todo estaba impregnado con el aroma del Ducados, y a mí me
recordaba un ring, de esos de las películas de los sábados por la tarde.
Los mayores nos mandaban
al bar a por tabaco, no paraban de apagar sus colillas en ceniceros
improvisados repartidos por la sala, yo casi no podía ver al primo o hermano
que tenía a mi lado.
Los pequeños tratábamos
de jugar, en el suelo, al parchís o la oca, recuerdo que era bastante difícil,
sus graznidos y palabras mal sonantes nos hacían reír y en esos momentos alguno
de nosotros aprovechaba para hacer trampas y contarse 20.
En otra de esas tardes,
me dediqué a decorar el poster que mi tía guardaba celosamente de su candidato
favorito: un diente negro por aquí, un bigotito, unas gafas. ¡Uf! La verdad es
que lo disfruté muchísimo; ella habló con mi madre y esa semana me dejó sin
paga.
Estoy segura que nunca me
he dado a la nicotina porque el recuerdo del “fumadero de opio familiar” sigue
muy presente en mi retina y en mis pulmones.



