Viviría entre la mochila de alguna adolescente, su pupitre
del instituto y la mesa dónde diría que estudia en casa,… lo imagino, una vida
más bien aburrida y monótona, como cualquier otro plumier.
Por suerte, caí en manos de una mujer amante de las vacas, sí de las vacas, porque mi estampado exterior es blanco y negro como el de ese mamífero, que a
ella le chiflan.
Así que en manos de ella me transforme, cobre vida al
conectar con su narrativa vital.
Un día ella asistió a un curso porque quería salir de su rutina
de madre cuidadora de una bebé, allí quiso el destino que se sentará al lado de
un chico, se preparó para la primera lección, sacó su material y ahí estaba yo:
un flamante estuche.
Y fui su primer tema de conversación:
Ricardo (que así se
llamaba el muchacho), pregunto a Ana ¿te gustan las vacas? Y ella respondió: Me
encantan !!! Él le dijo que tenía vacas y ella le contestó que serían amigos
para siempre.
Desde ese día soy una parte de sus vidas, mi simbología es muy potente y en mi interior albergo mucho espacio porque en la amistad cabe la alegría, el juego, la pena e incluso el dolor.
Años y años de vida compartida y
disfrutada.

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